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martes, 30 de diciembre de 2025

josé luis lópez vázquez... y además actor

Hoja de sala de José Luis López Vázquez, un talento de mil caras
(Filmoteca Española, diciembre de 2022)

Afirma ser Gabino Quintanilla, pero también Juanito Renovales, el lobishome Benito Freire, Luis José de Leguineche, Fernando Galindo —“un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo”— y hasta doña Adela. Sabemos, no obstante, que su verdadero nombre es José Luis López Vázquez. Extraño caso el de este actor que se duplicaba hasta en el apellido, que cayó enamorado del teatro pero que protagonizó más de doscientas películas, que obtuvo galardones internacionales y piropos de George Cukor por sus trabajos más sobrios, pero que siempre prefirió los papeles de comediante bufo. Extraño caso porque lo nutrido de su filmografía hizo olvidar rápidamente que si aquel tipo al que le encantaba imitar a Groucho Marx había entrado en el mundo del cine no había sido por vía de la interpretación, sino en una miríada de cometidos técnicos —figurinista, escenógrafo, ambientador, ayudante de dirección— que emprendería gracias a su habilidad como dibujante.

Hijo de modista, José Luis había crecido en un ambiente donde el dibujo era parte de la vida cotidiana, y ya de niño había emborronado páginas y páginas de sus cuadernos copiando los retratos de Ginger Rogers, Jean Harlow o Clark Gable que firmaba Enrique Herreros en la revista Cinegramas. Y sería en 1940 cuando su camino se cruzó con el de un José López Rubio embarcado en la preparación de la lujosísima Sucedió en Damasco (1941), que no iba a ser una producción cualquiera, sino, según dictaba su publicidad, “la película que da rango al cine español”, o, de acuerdo con lo que el propio realizador confesaría más prosaicamente a Miguel Mihura, “una película de mil puñetas”. [José Antonio Llera: Miguel Mihura. Epistolario selecto de Fuenterrabía (1928-1977). Espuela de Plata, Sevilla, 2007, pág. 121.] Mil puñetas que eran la metáfora de doscientos cincuenta actores, mil quinientos figurantes y hasta el ballet de la Ópera de Viena al completo, lo que equivalía a una barbaridad de vestidos modelados por centenar y medio de costureras siguiendo los patrones de un López Vázquez que todavía no ha llegado a la mayoría de edad.

La figura de López Rubio le impresiona, claro, porque acababa de plantarse en España rodeado del aura legendaria que le daba haber desarrollado una larga carrera en Los Ángeles bajo la disciplina de la Fox: “Yo, claro, cuando me presentaron a un señor que llega de Hollywood, no sabía qué hacer”. [Entrevista con José Luis López Vázquez para el programa El extraño caso del doctor López y míster Vázquez (Canal +, 2005)] Pero a ese señor que llegaba de Hollywood el pintor José Caballero le había chivado que el chaval dibujaba muy bien, y cuando le enseñó sus trabajos López Vázquez quedó contratado de inmediato.

El que en el presupuesto de tamaña superproducción no cupiera una partida que cubriera el viaje del joven figurinista a Barcelona para asistir al rodaje habla a las claras de su posición en la industria, pero no significa esto que fuera nuevo en estas lides: al finalizar la Guerra Civil se había convertido en la sombra de Modesto Higueras en el Teatro Español Universitario, donde no había tarea que no acometiera con entusiasmo. Como figurinista, pero también como ayudante de dirección o incluso como actor suplente cuando la cosa se terciaba. Serán esta tenacidad y esta capacidad de adaptación las cualidades que consoliden su complicidad con López Rubio cuando este afronte Eugenia de Montijo (1944), un suntuoso fresco histórico que intentaba dar brillo a un cine español no precisamente sobrado de él. Y si su materialización buscaba la ligereza amparándose en el tono de las farsas palaciegas de Lubitsch, en nada afectó esto a sus aspectos formales, fruto de una minuciosa documentación construida a golpe de visitas a la Biblioteca Nacional y búsquedas por librerías de viejo. Aunque López Vázquez amplió su radio de acción asumiendo tareas escenográficas en los estudios CEA, a veces a cambio de la comida, no por ello descuidó la labor para la que había sido contratado: sus figurines resultaron tan solventes que López Rubio decidió emplearlos en la promoción de la cinta. [Alfonso Sánchez: “El rigor histórico de Eugenia de Montijo explicado por su director y guionista José López Rubio”, Primer Plano, núm. 186, 7 de mayo de 1944.]

Poco después obtendría el carnet del Sindicato Nacional del Espectáculo como ayudante de realización por su participación en Consultaré a Mr. Brown (1946): “Pío Ballesteros me dijo que si quería trabajar con él en la dirección. De todo: ayudante de dirección, pero también decorador, diseñador, director artístico, los trajes, hacer el casting con los actores… Y yo, encantado. El caso era trabajar y estar en el ambiente que me gustaba, que era el del cine”. [Entrevista con José Luis López Vázquez, 2005.]

Todas estas actividades y alguna más explotarán en María Fernanda la jerezana (1946), el debut como director de Enrique Herreros, afamado dibujante y cartelista, creador de la imagen gráfica de La Codorniz y, recordará el lector, autor de aquellas sanguinas copiadas con mimo en sus cuadernos escolares por López Vázquez. Junto a Herreros, además de ejercer de figurinista y ayudante, aprovechará cuanta ocasión se le presente para componer toda suerte de personajes ante la cámara. El espectador avisado lo reconocerá como borracho en una reyerta tabernaria, como guindilla en el escenario del crimen, como transeúnte despistado. La multiplicidad de rostros lopezvazquianos se manifiesta ya en su plenitud en este sainete criminal, equidistante de los tipos populares dibujados por Francisco Sacha en las revistas del primer cuarto de siglo y del Edgar Neville de Domingo de Carnaval (1945)- Al contemplar semejante despliegue histriónico, Herreros le dará el consejo de su vida: “Oye, no acabo de entender tu empeño en ser ayudante de dirección, cuando lo que eres verdaderamente es actor”. [Luis Lorente: José Luis López Vázquez. Madrid: Akal, 2010, pág. 44.] Consejo que no cae en saco roto, porque López Vázquez ya ha probado la interpretación en los estudios de Radio Juventud y en las tablas del María Guerrero a las órdenes de Luis Escobar. Con su futuro padre en la saga de los Leguineche abordará también un nuevo campo, la adaptación de la obra de Jacinto Benavente La honradez de la cerradura (Luis Escobar, 1950), cuyo libreto recibirá uno de los premios del concurso de guiones del Sindicato, aunque esta labor nunca sea acreditada. [Entrevista con José Luis López Vázquez, 2005.]

López Vázquez abre la década de los cincuenta en el equipo de Rafael Gil, para el que realiza los figurines de El gran galeoto (1951), La Señora de Fátima (1951) y De Madrid al cielo (1952), materializados por dos de los grandes profesionales del ramo, Monique Bertrand “Monic” y Humberto Cornejo. Al mismo tiempo, conoce en una de las tertulias del Gijón a José María Forqué, que lo reclama como ambientador para El diablo toca la flauta (1953), donde una vez más vuelve a multiplicarse y lo mismo ejerce de tal que de traspunte, regidor, atrezzista o actor ocasional. Como hará en el teatro con Alberto Closas cuando este regrese del exilio para protagonizar Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955) y lo incorpore como decorador al equipo de ¿De acuerdo, Susana? en el teatro de la Comedia.

Pero mientras todo esto sucede, sus papeles cinematográficos no dejan de crecer en número y relevancia: si en un principio habían sido tan fugaces que ni una simple acreditación merecerían —el dependiente de Esa pareja feliz (Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem, 1951), el inverosímil cantaor flamenco de Un caballero andaluz (Luis Lucia, 1954)—, Berlanga lo situará en primera línea del inabarcable bosque de secundarios del cine español gracias al Juanito Renovales con el que despliega una exhibición de comedia física en Novio a la vista (1954). Ambos títulos suponen la entrada en la órbita de Rafael Azcona. De su máquina de escribir saldrán los dos primeros protagonistas de López Vázquez: el Rodolfo de El pisito (Marco Ferreri, 1958) y el Julián de Se vende un tranvía (Juan Estelrich, 1959), y tantos otros alter egos azconianos. Será así como Carlos Saura intuirá en el cómico unas posibilidades dramáticas que supondrán, en palabras del propio López Vázquez, lo que “justifica mi postura de actor ante la vida”. [Diego Galán y Fernando Lara: 18 españoles de posguerra. Planeta, Barcelona, 1973, pág. 104.] 

Era la pieza faltante de un puzle conformado por operetas satíricas, sainetes criminales, espectáculos históricos, comedias codornicescas, españoladas, tragedias grotescas con derivaciones hacia la comedia negra o el esperpento y tantos otros habitáculos por los que López Vázquez transitará estajanovistamente durante seis décadas, pero que ya había tanteado en aquellos quince o veinte años primerizos en los que luchó por encontrar un espacio en un mundo que siempre sintió era el suyo: el cine.

viernes, 10 de febrero de 2023

la amenaza inminente de una nueva guerra y los fenicios

El vespertino nacional-sindicalista Pueblo abría una de sus ediciones de 1957 con un titular triplemente alarmista: "¿Amenaza de una nueva guerra? Parece inminente un grave conflicto bélico. La situación es angustiosa". No sabemos a qué situación concreta se refiere, pero unos meses antes ha tenido lugar la crisis de Suez, también conocida como guerra del Sinaí. Y precisamente desde Oriente Próximo llegan a Madrid Melchor, Gaspar y Baltasar (Félix Dafauce, Rafael Luis Calvo y un Antonio Almorós embetunado), no sólo para renovar como todas las navidades la ilusión infantil, sino para llevar un mensaje de buena voluntad a los adultos. Entre ellos un hombre (Antonio Casas) que ha abandonado a su familia por una cabaretera (Mariangela Giordano). Por supuesto, los Reyes Magos logran que el padre desnaturalizado regrese junto a su familia y su hijo paralítico. Por el camino, conseguirán que los clientes del cabaret olviden las melodías desenfrenados y entonen un villancico. O que el equipo de rodaje de una película de gangsters se pregunte por qué golpear a la chica para que confiese y si no sería mejor pedir las cosas por favor y devolver el botín a sus legítimos propietarios. Y que los incrédulos crean. Y que los descarriados vuelvan a la buena senda. O sea, ese fantastique de raíz católica que la cinematografías española frecuentó durante la década y del que Mensajeros de paz (José María Elorrieta, 1957) es un ejemplo elocuente.

Volvamos ahora a la secuencia de precréditos, cuando el atribulado ciudadano que acude al quiosco de prensa despliega el periódico junto a un ejemplar de La Codorniz que hemos logrado identificar gracias a que los dibujantes rotulaban entonces la portada con una tipografía distinta cada semana y a que dicho número forma parte de nuestra colección codornizofílica. Se trata de la edicion 803, del 7 de abril de 1957 que el dibujante Enrique Herreros titula "Actualidades históricas: Los fenicios".

viernes, 4 de noviembre de 2022

cuando hollywood estuvo en el palacio de la prensa

Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1931) es un mediometraje con ínfulas de largo rodado a empellones por la iniciativa intermitente de la empresaria y pionera de la dirección cinematográfica femenina en España, Rosario Pi. Película de debuts –la productora Star Films, Neville como director en España-, en ella hacen sus primeras apariciones en la pantalla el barman Perico Chicote y el dibujante Enrique Herreros, compañero de La Codorniz en la siguiente década, que realiza entonces la publicidad de Filmófono y tiene su estudio en el local utilizado como improvisado plató.

 

Foto: Macasoli, en Tararí, núm. 62, 7 de abril de 1932.

De la película se conservan la partitura –la canción se hizo al parecer bastante popular- y unas curiosas imágenes de su rodaje en el Palacio de la Prensa, en las que aparece el charlista Federico García Sanchiz rodeado por un grupo de bellas aspirantes a estrellas. Por eso tiene especial valor la reseña de un crítico de excepción: Carlos Morla Lynch. Morla fue el encargado de Negocios de la embajada de la embajada de Chile en España desde 1928. Procedía de París, donde alternaba los ambientes diplomáticos con los artísticos y mantuvo amistad con Jean Cocteau, André Gide o Darius Milhaud. En España intima con todo el poeterío del 27, con especial querencia por Federico García Lorca, Luis Cernuda y Manuel Altolaguierre. Pero también se relaciona con la "intelectualidad" alegre y sofisticada de la época, donde caben Agustín de Figueroa o el propio Neville.

El 21 de junio de 1932 anota en su diario:

Hemos ido a ver en días pasados, con Federico e Isabel Dato, su film -Yo quiero que me lleven a Hollywood-, en el que actúa Santiago Ontañón. Es admirable si se consideran los escasos elementos con que ha contado para realizarlo. Pero tiene un ambiente norteamericano que le resta originalidad. Santiago Ontañón está incomparable en el papel de "jefe de Casa de Modas para caballeros". Exposición de calzones en combinación con camisetas de una comicidad irresistible. Los períodos en que figura nuestro amigo son los mejores de la película, y, precisamente, los que no han ocasionado gastos crecidos. Las escenas que han exigido inversiones importantes de dinero son, en cambio, las menos bien logradas. Para que puedan surtir efecto esas fastuosas concepciones estilo Folies Bergères es indispensable desplegar un lujo extraordinario, aplastante, imposible de realizar si no se cuenta con medios suficientes para hacerlo. Han triunfado allí donde no ha sido necesario invertir muchas pesetas, allí donde se ha impuesto Edgar Neville con su ingenio y Ontañón con su gracia espontánea. [Carlos Morla Lynch: En España con Federico García Lorca. Sevilla: Renacimiento, 2008, pág.271.]

El fin de fiesta, en casa de los Morla, con Gustavo Pittaluga, Lorca, Ontañón, Neville y, su mujer, Ángeles Rubio Argüelles, a la que el diplomático llama "la condesita" y de la que dice que "tiene la mar de gracia y un esprit muy femenino".

Otra de las críticas más perspicaces de la cinta fue la escrita por Sebastià Gasch, que también incide en la hilaridad que provoca el pase de modelos:

Este filme es un puro pretexto para exhibir, vestidas y desvestidas, de cara y de perfil, las señoritas ganadoras. se trata, pues, de una especie de revista, cuyas escenas desnudas tienen ninguna relación, o casi ninguna, entre ellas. Ahora que, desde el punto de vista de realización, este filme es del mejorcito que nos ha dado hasta ahora la cinematografía española. Se observa una movilidad de la cámara, una multiplicidad de ángulos, una fotografía excelente, en general, una inteligencia que los filmes españoles no habían sabido todavía demostrarnos.
Todos los elementos que intervienen en la confección de la película han sido elegidos con evidente preocupación por la fotogenia. Todos los elementos elegidos son netamente fotogénicos: muebles metálicos, mostradores de bar, cocteleras en primerísimo plano, muslos de chicas con brillos de níquel... Pero si cada imagen es un pequeño poema fotogénico, la sucesión de estas imágenes no debe sabido encontrar el ritmo capaz de ordenarla, y el filme se resiente de cierta carencia de ligazón.
El guión tiene hallazgos cómicos conseguidísimos. Se ve que el filme ha sido dirigido por el estupendo humorista que es Edgar Neville. Daremos algunos ejemplos. Las primeras escenas nos hacen asistir a una exhibición de modelos en una casa de modas. Modelos de uniformes para personajes: obispo diplomático, ministro, etc. Todos estos grotescos individuos, adornados con indumentaria almidonada, el obispo abriéndose la capa como si fuera un abrigo de petit-gris, moviéndose todos ellos con la cadencia propia de las modelos femeninas, producen un efecto irresistible. Luego viene el desfile de modelos de ropa interior masculina: señorones imponentes, con bigotes y barbas del 1900 y calzoncillos largos, déshabillés de unos individuos que parecen haberse evadido de un anuncio de los “emplastos porosos del Dr. Winter” y otros excesos: todo ello exhalando un perfume clínico de cinéma cochon.
Hay gags sonoros remarcables, también. Prueban la voz en tres damiselas y éstas cantan, pero con voz de hombre. Y otros, todavía. Como se ve, se trata de unas chispas de humor que René Clair no se avergonzaría de firmar.
García-Sanchiz ha querido contribuir al éxito del filme con una de sus “charlas líricas”. No y ha nada tan anticinematográfico como una conferencia. Pero aquí esta tara ha sido endulzada y disimulada haciendo alternar las imágenes del conferenciante, visto de cara, de espaldas y de perfil, con imágenes de la audiencia —las girls— tomadas también desde los ángulos más variados. Muy inteligente. Muy hábil, como se ve.
La presentación del filme es modernísima y de muy buen gusto. No podemos decir lo mismo de la sonorización, hecha a posteriori, que no corresponde con el movimiento de los labios y que, además, es completamente ininteligible. [Sebastià Gasch: “Kursaal: Yo quiero que me lleven a Hollywood”, en L’Opiniò, 17 de abril de 1932, pág. 6.]

Neville evitaba incluirla en su filmografía. Poca gloria podía aportarle esta película hecha de retazos que se sonorizó en París con un sistema de discos sincronizados y a la que el crítico Juan Piqueras no dudó en calificar de “pornografía” levemente encubierta. El resto de los críticos tacharon a la película de inmoral o, en el mejor de los casos, de infortunada aventura en un momento en que el cine sonoro español pretendía alzar el vuelo.

Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1931)

Productora: Star Films (ES). Guión original: Edgar Neville. Fotografía: Agustín Macasoli.Decorados: Fernando Mignoni. Muebles: Rolaco. Vestuario: Lacoma, Jerome, Ángel. Música: Luis Patiño. Sonido: Sistema Seletone (postsincronizado). Intérpretes: Perlita Greco (la estrella), Federico García Sanchiz (el conferenciante), Antonio Robles (el amigo), José Martín (el maestro), Santiago Ontañón (el modisto), Julia Bilbao, Emilia Barrado y Ángeles Somavila (las aspirantes a estrellas), con la colaboración de Enrique Herreros, Perico Chicote y Manuel Vico.
Rodaje: Sótanos del edificio de la Asociación de la Prensa en Madrid, Plaza del Callao. Estreno: Madrid, Cine Callao, 20 de junio de 1931.
56 min. B/N. Postsincronizada.

martes, 22 de febrero de 2022

el adulador herrerosiano

Emparedada entre El pisito (1958) y El cochecito (1960), las dos primeras colaboraciones en España de Marco Ferreri con el codornicista Rafael Azcona, Los chicos ( 1959) suele pasar injustamente desapercibida. Con guión de Leonardo Martín, que venía de colaborar en Calabuch (Luis G. Berlanga, 1956), Los chicos tiene un perfil menos afilado que las dos cintas azconianas, pero es una muy apreciable aproximación a la inane vida de unos chicos de barrio. 

Ferreri se muestra un poquito más humano con sus personajes, lo que no quiere decir ternurista, y aprovecha el registro costumbrista para colar de matute algunos apuntes postneorrealistas. Sus logros, no obstante, quedaron oscurecidos por la pobre calificación oficial, que impidió el estreno normalizado. Con los años, se ha visto también perjudicada por las comparaciones no sólo con la virulencia del humor corrosivo del que hacían gala sus películas azconianas, sino con Los golfos (1959), el debut de Carlos Saura, con la que comparte algunos motivos argumentales.

Andrés, Carlos y El Negro, todos con sus sueños de adolescentes, se reúnen habitualmente en el quiosco de prensa en el que se pasa la vida El Chispas. El lugar propicia la aparición en pantalla de semanarios de información general, revistas de cine y tebeos... todo lo que conforma el imaginario cotidiano de los chavales. Y entre tal despliegue de prensa no podía faltar, desde luego, La Codorniz de nuestros pecados. En concreto el número 929, correspondiente al 6 de septiembre de 1959. Como el visitante tiene a la vista el dibujo de Herreros nos limitaremos a citar su título "El adulador" y a reproducir su pie: "¡Qué bien sabe usted hacer las oes con un canuto, señor director!".

domingo, 7 de febrero de 2021

peligros de lo codornicesco en la pantalla

 

En plena canícula madrileña, un reportero de la revista Cinema asalta a Enrique Hereros a la puerta de Filmófono, en la plaza de Callao. El dibujante de La Codorniz y director de María Fernanda la Jerezana (1947) ha decidido dejar de lado su proyecto sobre una femme fatale de finales del XIX y ha aceptado la oferta de Boga Films para dirigir La muralla feliz. En la breve entrevista se argumenta la dificultad de llevar el humor de la revista del pájaro a la pantalla:

Sorprendemos en plena Gran Vía madrileña al gran humorista y director cinematográfico Herreros, que, cordial y sonriente, nos refiere sus propósitos.
—Voy a dirigir, para Boga Films, mi segunda película.
—¿Un tema de humor?
—Esta vez, sí. Y por cierto muy de mi gusto. Se llama “La muralla feliz”.
—Ese título nos recuerdo algo...
—Claro. Es un guión de Luis Delgado que resultó premiado en uno de los concursos del Sindicato. Ya entonces, cuando mereció tal galardón, me interesé por él... pero ya lo había adquirido una productora barcelonesa y hube de renunciar. Por otra parte, yo no estaba muy decidido a realizar “tan pronto” una película de humor.
—Te gusta más lo serio... ¿no es eso?
—No... No, por Dios. Pero es que es más fácil para mí hacer una película seria que un film de humor. En este terreno es fácil el tropezón y no quisiera fracasar... Por eso, sin renunciar a ello, había demorado mi proyecto. [...]
—¿Qué reparto llevas en “La muralla feliz”?
—No está todavía completo. O no lo estaba ayer, cuando hablé por teléfono con la productora. Quedan algunos cabos por atar. Pero, puedo decirte, no obstante, que Alberto Romea y Sarita Montiel forman parte del grupo de artistas escogidos.
—Y tú... ¿no trabajas?
—Pero si no descanso.
—Digo ante la cámara.
—Sí. En el “Quijote” voy a interpretar el papel del doctor Pedro Recio de Tirteafuera. Y en mí película trabajaré también.
—La última pregunta: El humorismo de “La muralla feliz”, ¿tiene algo de común con el que cada semana lleváis a las páginas de “La Codorniz”?
—No. Es un humorismo plácido y suave, sin ese desbordamiento un tanto absurdo de nuestra revista, que tanto gusta al público, pero que en el cine es muy peligroso. ¿Comprendes?
—Comprendido.
Y Herreros se aleja con un grupo de amigos, que le esperaba a las puertas de Filmófono. [El extra desconocido: “La muralla feliz será la segunda película de Herreros”, en Cinema, núm. 33, 1 de agosto de 1947.]

domingo, 24 de noviembre de 2019

la codorniz en cinta


El viernes, 29/11/2019, presentamos en el Doré, acompañados por Carlos F. Heredero, La Codorniz, de la revista a la pantalla (y viceversa), ensayo enciclopédico del que, después de tres años de gestación y ¡doce! de parto, Cabrerizo y Aguilar somos orgullosas madres. Cátedra y Filmoteca Española son las comadronas.
Este volumen es el resultado de una investigación auspiciada por Filmoteca Española sobre las fecundas relaciones entre el semanario humorístico La Codorniz (1941-1978) y el cine, del que tanto los creadores de la revista como los humoristas que se criaron a sus pechos fueron nombres punteros. Basta enumerar en el primer grupo a la denominada otra generación del 27: Edgar Neville, los hermanos Jerónimo y Miguel Mihura, Tono, José López Rubio y Enrique Jardiel Poncela, a los que se suman Ramón Gómez de la Serna  y Wenceslao Fernández Flórez como padres putativos. Este movimiento centrípeto cuajó en junio de 1941, fecha de fundación de La Codorniz, pero se llevaba fraguando desde mediados de los años veinte, fecha en la que todos coincidieron en las revistas del nuevo humor de avanzada. Fruto de tal cosmopolitismo fue la incursión de la mayor parte de ellos en un Hollywood que por aquellos días echaba a andar el cine hablado sin haber resuelto aún técnicas como el doblaje o el subtitulado. El periplo de todos ellos en el campo del periodismo, la literatura, el teatro y, por supuesto, los más variados aspectos de la industria del cine, supone un capítulo señero de la cultura española del siglo XX. Dos mujeres tienen también lugar destacado en el trabajo, Conchita Montes y la Baronesa Alberta, colaboradoras habituales de la revista en tiempos en que los nombres femeninos quedaban habitualmente relegados a la condición de fabuladoras de intrigas románticas. Ambas ejercieron de humoristas a contracorriente. Pero La Codorniz fue también escuela de humorismo y semillero de cineastas. En sus páginas se formaron Rafael Azcona, Miguel Gila, Antonio Mingote, Francisco Regueiro, Chumy Chúmez y los mismísimos hermanos Ozores. De este modo, el doble vector centrífugo y centrípeto que articula las dos partes de nuestra investigación cubre un espectro amplísimo de la producción española que abarca desde la adaptación de Un bigote para dos (Tono y Mihura, 1940), película perdida que los autores han redescubierto como consecuencia de esta investigación, hasta auténticas bofetadas a la burguesía anhelante de comedias sexy como Pero, ¿no vas a cambiar nunca, Margarita? (Chumy Chúmez, 1978). Como no podía ser de otro modo, parte fundamental de la publicación es el apartado gráfico, con caricaturas de los miembros de la redacción, así como con portadas y viñetas de Herreros, Tono o Summers. Además, el volumen incluye un DVD que incluye una serie de materiales inéditos y que constituyen el complemento audiovisual idóneo para el lector interesado en la cultura popular:
Una aproximación a Un bigote para dos (Tono y Mihura, 1941) 69’
Don Viudo de Rodríguez (Jerónimo Mihura, 1935) 14’
Verbena (Edgar Neville, 1940)  33’
El viejecito (Manuel Summers, 1959) 23’
El corazón de un bandido (Chumy Chúmez, 1970) 6’
Tonto-tour (Víctor Vadorey, 1965) 6’
Amén del baño de codornicismo, en la presentación asistiremos al rescate de la primera comedia de Conchita Montes y Edgar Neville, que en las últimas décadas sólo se había podido ver demediada: Café de París (Edgar Neville, 1943).

Con este título se abre el ciclo La Codorniz en cinta, que también tendrá lugar en el Doré a lo largo de todo el mes de diciembre: ocho sesiones en torno a los títulos más selectos de las diversas declinaciones del humor codorniciano, con introducciones tan eruditas como sabrosas por parte de vuestros codornizólogos de cabecera, según la siguiente agenda:
10/12/2019 martes, 17:30h Doré sala 1
La donna scimmia (Se acabó el negocio, Marco Ferreri, 1963),escrita por Rafael Azcona

13/12/2019 viernes, 20:00h Doré sala 2
Mi adorado Juan (Jerónimo Mihura, 1949), con guión y dirección artística de Miguel Mihura

15/12/2019 domingo, 20:00h Doré sala 2
El hombre que viajaba despacito (Joaquín Luis Romero Marchent, 1957), protagonizada y escrita por Miguel Gila

17/12/2019 martes, 22:00h Doré sala 1
Angelina o el honor de un brigadier (Louis King, 1935), con supervisión y guión de Enrique Jardiel Poncela

18/12/2019 miércoles, 19:30h Doré sala 1
La niña de luto (Manuel Summers, 1964)

20/12/2019 viernes 17:30h Doré sala 1
Duerme, duerme, mi amor (Francisco Regueiro, 1975)

28/12/2019 sábado 20:00h Doré sala 2
La Codorniz en corto: Verbena (Edgar Neville, 1941), Rosa de África (José López Rubio, 1941) y Se vende un tranvía (Juan Estelrich, 1959), con guión de Rafael Azcona. Sesión celebratoria del 120 aniversario del nacimiento de Edgar Neville.
Una vez superado el puente de la Inmaculada, el jueves 12/12/2019 presentamos en La Central del Museo Reina Sofía Tono, un humorista de la vanguardia [Renacimiento, 2019], primera biografía de Antonio de Lara "Tono", maestro del humor a la vista, sin trampa intelectual ni cartón ideológico. En esta ocasión Aguilar y Cabrerizo somos los padres; la madre es la experta tonista Gema Fernández-Hoya. Edita Renacimiento.

Para desengrasar de tanto baño de multitudes, en formato íntimo y en Nakama Lib, nuestra librería favorita de Chueca, el jueves 19/12/2019 la cita titulada Una velada codorniciana con Aguilar y Cabrerizo, a base de Conchita, Tono, Chumy, Edgar, el profesor Azkonvan y los demás.

domingo, 8 de septiembre de 2019

herreros, cameísta

El dibujante -y publicista y escalador y cineasta y portadista de La Codorniz...- Enrique Herreros fue también un infatigable cameísta, siempre presto a hacer el papelito brevísimo, pero de lucimiento.

La afición arranca cuando Edgar Neville rueda en el edificio del Palacio de la Prensa, donde trabaja Herreros, Yo quiero que me lleven a Hollywood (1931) y hace falta alguien que bese a una de las aspirantes a estrellas. Después de la guerra, sus apariciones en la pantalla menudean, sobre todo a las órdenes de Rafael Gil, que contó con él hasta en ocho ocasiones. Él mismo se reserva un papel harpomarxiano de cierto relieve en La muralla feliz (1947) y comparecerá por última vez como actor en La vida es magnífica / Le voleur de Tibidabo (Maurice Ronet, 1964).

He aquí un testimonio todo lo exhaustivo que nos ha sido posible de estos cameos...

un tipo besucón en Yo quiero que me lleven a Hollywood (Edgar Neville, 1931)

el acomodador del ozonopino de Eloísa está debajo de un almendro (Rafael Gil, 1943)

un calzonazos que declara ante el juez en El clavo (Rafael Gil, 1944)

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un personaje no localizado en Te quiero para mí (Ladislao Vajda, 1944) 

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el revisor del tren de Empezó en boda (Raffaello Matarazzo, 1944)

el empresario teatral de El destino se disculpa (José Luis Sáenz de Heredia, 1945) 

el faquir del circo de El fantasma y doña Juanita  (Rafael Gil, 1945)

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el "padrino 2" en Espronceda (Fernán, 1945) 

-
otro personaje no localizado en Cinco lobitos / O diablo são elas (Ladislao Vajda, 1945) 

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un espectador en Senda ignorada (José Antonio Nieves Conde, 1946) 

el joyero de María Fernanda la jerezana (Enrique Herreros, 1946) 

el doctor Pedro Recio que mata de hambre a sancho en Don Quijote de la Mancha (Rafael Gil, 1947) 

el hijo mudo en La muralla feliz (Enrique Herreros, 1947)

un comerciante escarmentado por los bandoleros en Aventuras de Juan Lucas (Rafael Gil, 1949)

un mozo de cuerda en La revoltosa (José Díaz Morales, 1950) 

el cantante afónico de Teatro Apolo (Rafael Gil, 1950) 

el autor dramático de El gran Galeoto (Rafael Gil, 1951)

un ratero del Rastro en De Madrid al cielo (Rafael Gil, 1952) 

el señor que se busca algo en el ojo de Cabaret (Eduardo Manzanos, 1951) 

y el coronel de La vida es magnífica / Le voleur de Tibidabo (Maurice Ronet, 1964)

 * * *

y el protagonista póstumo de Un cineasta en La Codorniz (Javier Rioyo, 2012)

martes, 3 de marzo de 2015

fortuna pública de un bigote


Un bigote para dos se estrenó en Madrid el 11 de noviembre de 1940 en el cine Rialto de la Gran Vía, donde Cifesa presentaba habitualmente sus películas. El resultado no debió ser malo, porque se mantuvo dos semanas en cartel.

Encontramos luego referencia a cines de reestreno y de programa doble a lo largo de 1941, a razón de una semana en cartelera. En enero en el Bilbao, en marzo/abril en La Latina, en mayo en el Tetuán. En la última semana de este mismo mes comparte programación en el Metropolitano con El hijo del cuatrero (The Throwback, Ray Taylor, 1935), un western B protagonizado y producido por Buck Jones para Universal Pictures que había sido estrenado en Madrid en plena contienda.

En octubre Un bigote para dos se proyecta en el cine Astur en programa doble con Allá en el Rancho Grande (Fernando de Fuentes, 1936), título seminal de la comedia ranchera mexicana en el que algunos han querido ver la influencia de Nobleza baturra (Floríán Rey, 1935). Luego, hay que esperar hasta mayo de 1942 para encontrarla en el Beatriz con El beso redentor (Wild Girl, Raoul Walsh, 1932).

Año y pico más tarde, en junio de 1943, por fin se encuentran cara a cara Jardiel y Tono y Mihura. Aunque lo idóneo hubiera sido un duelo en igualdad de condiciones -Un bigote para dos vs. Mauricio o una víctima del vicio- la película jardieliana es Los ladrones somos gente honrada (Ignacio F. Iquino, 1941), adaptación razonablemente fiel de la comedia estrenada en el teatro de la Comedia capitalino el 15 de abril de 1941.

Aunque en Barcelona permanece sólo una semana en el Cinema Cataluña en diciembre de 1940, la película conocerá un inusitado revival en el cine Publi, tres años después, coincidiendo con la estancia en la ciudad condal del jovencísimo y flamante nuevo director de La Codorniz: Álvaro de Laiglesia. El humor de la revista creada por Mihura ha permeado toda la sociedad, tanto, como para llegar a causarle un hartazgo que le empuja a vender la cabecera al Conde de Godó, empresario de La Vanguardia Española. Alvarito empapela el vestíbulo con portadas de La Codorniz dibujadas por Enrique Herreros y la prensa publica el siguiente anuncio:
NOTICIARIO
Un concurso y programa «Codorniz» en el Publi
El Cine Publi, al renovar su programa, da cabida en el mismo a la más desconcertante producción que bajo el título de «Humor y chispa moderna» (Un bigote para dos), es lo más original que se ha debido a los conocidos humoristas Tono y Mihura. Las sorpresas del diálogo y su comicidad disparatada hacen de esta película un éxito del momento, que el Cine Publi no ha dudado reponer con todos los honores. Otro aliciente que viene a aunarse a esta presentación es el gran concurso que tendrá efecto durante su proyección, y que a base de una de las conocidas e interesantes secciones del popular semanario «La Codorniz» viene a repetir al público; «¿Está usted seguro? ¿Está usted seguro de que tuvo la seguridad?» Un magnifico concurso que los espectadores podrán contestar en el mismo local a base de los impresos que les serán facilitados a la entrada y con el cual tendrán derecho a una serie de premios de verdadero interés e importancia. Complementan este interesante programa la reposición del dibujo de Walt Disney a todo color «Sin plumas y cacareando» y la completa información nacional y extranjera del Noticiario «No-Do» de estreno.
En Sevilla no se estrena hasta agosto de 1943, en el cine Trajano (refrigerado).

Los últimos pases madrileños de los que tenemos noticia son del final de la década. El 11 de marzo de 1949 se da en programa doble en el modestísimo cine Chamberí con La corona de hierro (La corona di ferro, Alessandro Blasetti, 1941). La muy apreciable reconstrucción mítica del fascismo se anuncia con "copia nueva", cosa que no sucede con la cinta de Tono y Mihura. El 9 de mayo del mismo año se proyecta en el Ayala junto a Náufragos (Lifeboat, Alfred Hitchcock, 1944). Luego, su rastro se pierde.