martes, 9 de julio de 2019

el libro del verano


El 24 de julio próximo se anuncia el lanzamiento de la monumental biografía sobre nuestro humorista de cabecera cocinada a seis manos por Gema Fernández-Hoya y Aguilar y Cabrerizo. Edita, con exquisito gusto, Renacimiento.

¡Vacaciones sin Tono son vacaciones perdidas!
Gema Fernández-Hoya / Aguilar y Cabrerizo:
Tono, un humorista de la vanguardia
Renacimiento, colección "Biblioteca de la Memoria"
480 págs.
ISBN: 8416981779


viernes, 14 de junio de 2019

conchita, la fantástica

 
Una mañana, mientras hace footing en un parque, Daniel (Agustín González) ve como un hombre mayor (Antonio Gamero) apuñala a un jovencito que se burla de sus intenciones de mantener relaciones con él. Cuando su mirada se cruza con la del asesino, escapa, pero se deja olvidado un libro de poemas de Walt Whitman en un banco del parque. Aunque su amante, Miriam (Victoria Vera), intenta que olvide el asunto, a partir de ese momento Daniel se siente perseguido por un extraño y la situación se va volviendo más kafkiana cada vez.

La estructura zigzagueante que propone Testigo azul (Alucinema) (Francisco Rodríguez, 1989), al invitarnos a que nos sumerjamos en la fabulación obsesiva del protagonista, admite tanto el coqueteo con el género fantástico como las salidas de tono humorísticas. Es en este aspecto donde cobra especial relevancia el papel de abuela de Miriam interpretado con una convicción desarmante por Conchita Montes. Correctamente arreglada en las escenas que se desarrollan en lugares públicos, pero con el pelo disparado en la intimidad, se muestra admonitoria con su nieta y brutal con el amante de ésta, sin perder nunca el pulso esperpéntico de un personaje salido del búnker del barrio de Salamanca. En una cinta lanzada por la pendiente del fantástico hermético, su presencia nos devuelve a una realidad no menos delirante.


No es la primera incursión de nuestra actriz en este territorio genérico. En 1972 ya había formado parte del reparto de Diabólica malicia / Night Child / La tua presenza nuda (James Kelley / Andrea Bianchi, 1972). La multiplicidad de títulos delata el origen multinacional de esta coproducción. Todavía quedarían por consignar el internacional, What the Peep Saw, y los alemanes, Der Zeuge hinter der Wand / Diabolisch. Esta bicefalia también se aprecia en la dirección, con la atribución de las copias anglosajonas a James Kelley y la de la italiana, al menos, a Andrea Bianchi con su propio nombre o con su habitual alias de Andrew White. Bianchi trabajó también en esa etapa en España en Belleza negra / Black Beauty (James Hill, 1971); ambas son las primeras incursiones de Andrés Vicente Gómez en la producción, con la marca Eguiluz Films. No resulta menos peliagudo el asunto de las versiones, con doblaje asegurado en cada uno de los idiomas de los cuatro países implicados en la producción. En España, Selica Torcal puso voz Britt Ekland, Juan Logar a Hardy Kruger y Delia Luna a Lilli Palmer. Conchita Montes se dobla a sí misma y, acaso por ser una de las pocas actrices nacionales que podían actuar con cierta soltura en inglés, se justifique su presencia en el reparto. Su papel es episódico y se reduce a tres escenas en las que comparte encuadre con Britt Ekland.

Aunque el guión se supone que es un original del televisivo Robert Preston, su germen está en Otra vuelta de tuerca de Henry James y en una serie de películas coetáneas de corte fantástico que utilizan a la infancia como elemento perturbador, como The Nightcomers (Los últimos juegos prohibidos, Michael Winner, 1971) o The Other (El otro, Robert Mulligan, 1972). Es en este marco y en las múltiples refracciones que provoca Repulsion (Repulsión, Roman Polanski, 1965) que cabe ubicar esta historia de un preadolescente perverso (Mark Lester) o de su madrastra perturbada (Britt Ekland).


sábado, 1 de junio de 2019

tono y un sainete en la costa brava


De un sainete de costumbres turísticas del humorista Joaquín Muntañola realiza José María Font-Espina su primer largometraje en solitario en 1968: El Baldiri de la costa / En Baldiri de la costa.
 
En los créditos figura Muntañola como autor de la comedia original y la pareja formada por José María Ricarte y Francisco Pérez-Dolz como adaptadores y dialoguistas. Completan el tándem literario el propio director y el productor, Antonio Isasi-Isasmendi, con el alias de Antonio I. Lasa. Aún nos encontramos como "colaborador en los diálogos" al ayudante de dirección Luis Linares.

Pero para enterarnos de que también Antonio de Lara -nuestro Tono- metió la cuchara en este guiso hemos tenido que leer la monografía que Lluís Bonet Mojica dedica a Jordi Feliu [Filmoteca de Catalunya, 2008]. Al repasar su propia trayectoria tras su separación de Feliu, Font-Espina rememora la realización de En Baldiri de la costa y L'advocat, el batlle y el notari (1969,) y el éxito que obtuvieron gracias al protagonismo de Joan Capri. Desde luego, no resulta ajeno a su popularidad en Cataluña el hecho de que se tratara de las dos primeras películas cuya exhibición se autorizó en lengua vernácula, algo que se le había negado tanto a Iquino con El Judas (1952) como a Armando Moreno con María Rosa (1965).

De Tono asegura Font-Espina que "aportó una cincuentena de gags de los que aproveché la mitad; los demás no venían a cuento". [Font-Espina a Bonet Mojica: Op. cit., pág. 135]

lunes, 22 de abril de 2019

conchita en el doré

El próximo martes, 7 de mayo, a las ocho de la tarde, presentación en el Doré de Conchita Montes, una mujer ante el espejo, con la participación de la editora Lorena Carbajo, la prologuista Marina Díaz y los autores. El acto, breve, servirá de prólogo a la proyección de Nada / Voragine (Edgar Neville, 1946), en la que Conchita no sólo fue protagonista, sino que también realizó la adaptación de la novela de Carmen Laforet.

Para celebrarlo, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, he aquí las portadas de las novelizaciones de sus películas publicadas por las editoriales Alas y Rialto a principios de la década de los cuarenta...

 La muchacha de Moscú / Sancta Maria (Edgar Neville, 1941)

Correo de Indias (Edgar Neville, 1942)

Misterio en la Marisma (Claudio de la Torre, 1943)

Café de París (Edgar Neville, 1943)

jueves, 14 de marzo de 2019

vicente viudes y el precodornicismo


A la altura de 1939 el espíritu de una Codorniz aún por nacer ya impregnaba a buena parte de lo más inquieto de la mitad de la cultura española que se ha alineado con los vencedores de la Guerra Civil.

Vaya como ejemplo la contraportada del último número de la revista de combate La Ametralladora [núm. 120, 21 de mayo de 1939], dirigida por Miguel Mihura, y en la que el pintor, figurinista y escenógrafo murciano Vicente Viudes hace gala de su conocimiento del nuevo humor...


Convalecencia
(por V. Viudes)
-Pues, sí, hija; gracias a este reconstituyente me estoy poniendo hecha un hombre.

martes, 5 de marzo de 2019

las siete vidas del gato, según lazaga


Las siete vidas del gato (Pedro Lazaga, 1970)


Según iba madurando su concepto de la dramaturgia de lo inverosímil, Enrique Jardiel Poncela se mostró progresivamente reacio a adoptar la estructura clásica en tres actos. Generalmente, se valía de un prólogo exento y de dos actos. La necesidad, en las comedias de intriga, de una explicación que satisficiera al público solía convertir el desenlace en un giro sorprendente tantas veces insatisfactorio por su precipitación y su carácter acomodaticio. Pero cuando Jardiel intentaba saltarse este expediente, el público protestaba y él siempre buscó el éxito. Mucho más en 1943, cuando, después de una serie de triunfos ininterrumpidos desde el batacazo de su drama de la vida hollywoodense, El amor sólo dura dos mil metros, había ido encadenando en los escenarios del Infanta Isabel y de la Comedia funciones que alcanzaban invariablemente la cifra mágica de las cien representaciones. Es entonces cuando decide formar compañía propia por segunda vez y emprender una gira por Latinoamérica que se saldará con un triple desastre financiero, político y amoroso que afectaría notablemente a su producción hasta el fin de su vida.

Jardiel estrena Las siete vidas del gato en el verano de 1943 en San Sebastián, en plena formación de la compañía con la que piensa estrenar en Barcelona y trasladarse luego a Argentina. Pisa terreno conocido: la intriga dislocada de Eloísa está debajo de un almendro y Los habitantes de la casa deshabitada. También hay aquí un personaje femenino que siente una atracción morbosa por un hombre que podría ser su asesino y una familia tronada, los Arriaga, que no son los Briones pero casi. Sus ascendientes han asesinado a sus mujeres en presencia de un gato negro. Beatriz podría ser la séptima víctima y, por eso, Guillermo ha decidido abandonarla apenas desposada. Lo que sigue es un enredo fenomenal, con un trapero llamado Sócrates metido a detective, dos tías chaladas, pasajes secretos, varios intentos de asesinato y un disparo postrero que sirve de remate a la acción. Sin embargo, este final, sumado a los cuatro prólogos macabros, suscitó reticencias en el público durante el estreno donostiarra, así que la comedia llegó con un final menos siniestro al escenario del Infanta Isabel: siete disparos y siete muertos en escena... que luego no son tales.

Alfredo Marqueríe, el paladín de Jardiel en la prensa diaria, asegura que se trata de un auténtico ejercicio circense, "¡más difícil todavía! [...], como para demostrarnos que ni la técnica teatral tiene secretos para él ni su fantasía es inferior a la del mejor folletinista". [Informaciones, 1 de octubre de 1943.]


El guión de Luis G. de Blain pone el acento en los personajes cómicos, adelantando al primer acto la presentación de Sócrates (Antonio Ozores), poniendo al día su actividad profesional al presentarlo al frente de un combo de música tropical que acude a actuar en el banquete de bodas y proporcionándole sendos portores cómicos en los personajes del chófer del microbús, desconfiado y borrachín, interpretado por José Luis Coll, y la gogó argentina que se pone a bailar y se desnuda –signo de los tiempos- cada vez que sale de su sopor y a la que da vida con buenas dosis de autironía Rosanna Yanni. La otra estrategia estructural es la multiplicación de las escenas paralelas y la inserción de planos relámpago sobre los asesinatos del pasado, que vienen a sumarse a una planificación resuelta con abundancia de contrapicados y grandes angulares. La resolución queda aún más simplificada que en la última versión de Jardiel y José Luis Coll vuelve a comparecer en pantalla, esta vez disfrazado de gorila.

Pero si por algo destacan Las siete vidas del gato cinematográficas es por asumir a conciencia la hipertrofia de prólogos que proporcionen un detonante explosivo para la acción dramática, en lugar del clásico preámbulo en el que se nos dan los antecedentes.


Patty Shepard encarna a las cuatro mujeres asesinadas en cuatro viñetas que, en lugar de seguir los pasos argumentales pautados por Jardiel, remiten a otros tantos géneros bastardeados: el gótico y el giallo para la dama del candelabro estrangulada (1873); el melodrama italiano y el slapstick en la pianista muerta de un tiro por el marido engañado (1893); el grand guignol y el folletín para la rubia gaseada (1918); y la farsa de la cursilería para la madre que recibe un tiro que iba dirigido contra su amiga (1936). Lo curioso es que esta actualización de la acción, que permite situar el grueso del relato en el año de su realización, no tiene nada que ver con las acciones violentas ocurridas en los prolegómenos de la Guerra Civil, a los que se alude de forma explícita y que viene a sustituir a la bomba contra Alfonso XIII que servía de referencia temporal al tercer prólogo de Jardiel, ambientado en 1906.